Creando lugares comunes – Lorenzo Ferrari

Una de las soluciones diplomáticas más promocionadas para la crisis que rodea a Ucrania es “finnizar” el país. Hay casos raros en los que el estado de cosas experimentado por un país o región en una etapa histórica particular se vuelve tan ejemplar que surgen palabras como finnización, balcanización, libanización o somalización. Palabras largas y bastante feas desde el punto de vista estético, pero evitando tener que recurrir a largas paráfrasis -como en el caso de la finnización, el confinamiento de un Estado en una posición de estricta neutralidad entre dos bloques opuestos, que de hecho, sin embargo, lo expone a la influencia de los más pesados ​​de sus vecinos.

Hay otras palabras que tienen una estructura similar, como americanización o milanesización. Pero estos solo indican una creciente cercanía o similitud con los Estados Unidos o Milán en términos culturales, económicos y sociales: por lo que la Finnización de Ucrania no significa esparcir más saunas, metal musical, alegría y mosquitos allí. Eficaz como es entre los entusiastas de la geopolítica, es un término oscuro para todos los demás, ya que para entenderlo hay que tener en cuenta la situación en el norte de Europa durante la Guerra Fría -así como una idea de la guerra civil y la religiosa. divisiones en el Líbano, para comprender qué se entiende por “libanización”.

La forma en que algunas fases y fenómenos históricos logran abrirse camino en el lenguaje es bastante extraña. Hay topónimos que se convierten en metáforas de la derrota, como ‘un Caporetto’ o ‘el Waterloo’, o que apuntan a situaciones enrevesadas, como ‘Vietnam’ o ambaradan, o incluso acuerdos y procesos ejemplares, como por ejemplo ‘una nueva Yalta’ o ‘un nuevo Núremberg’. Luego están los clichés cuando las elecciones se ganan con mayoría búlgara o cuando se denuncia a un carnicero chileno. En todos estos casos, nunca nos referimos a los lugares en sí, sino a eventos específicos que sucedieron en esos lugares en el pasado y cuyo conocimiento se da por sentado.

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Pero la historia también trae expresiones como “Tercera Guerra Mundial” y “Nueva Guerra Fría” –otra vez demasiado populares– o con el inevitable “nuevo Plan Marshall”, que es bueno para todas las ocasiones. Yendo más atrás en el tiempo, el encantamiento de un “nuevo renacimiento” siempre funciona.

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En general, es bastante raro que un episodio histórico, una cita literaria, un chiste cinematográfico, un personaje pueda entrar en el lenguaje actual y por ende en el imaginario colectivo. Algunas son expresiones particularmente memorables o enigmáticas: “La suerte está echada”, “Hay algo sospechoso en Dinamarca”, “Tonterías locas”, etc. Las fases o fenómenos históricos que se afirman lingüísticamente suelen hacerlo porque consiguen condensar en pocas palabras un proceso global e identificar un modelo, como es el caso de la “finlandización”.

Para ingresar al idioma con éxito, se debe conocer lo suficiente un fenómeno histórico para que se entienda la referencia. Cuando Pietro Castellitto habla del norte de Roma a Vietnam -y no, no sé, de una Angola- porque la Guerra de Vietnam es un referente que la gente puede entender más que muchos otros conflictos. Por supuesto, con el tiempo, a veces, la referencia histórica original se pierde y solo se usa la expresión lingüística sin reconocer su origen, como suele ser el caso. Ambaradán.

Los fenómenos históricos que han invadido nuestra lengua nos dicen algo sobre nuestra imaginación, que bebe de tanta historia clásica y de tanta historia occidental del siglo XIX y sobre todo del XX. La transformación de episodios particulares en modelos y expresiones lingüísticas emana en gran medida de las elecciones realizadas por los programas escolares y la narrativa que los acompaña. Con demasiada frecuencia, los periodistas tienden a rastrear nuevos fenómenos en patrones familiares para los lectores y logran condensar procesos complejos en expresiones sintéticas más o menos felices. En algunos casos, son los propios políticos quienes intentan vincular algunas de sus nuevas iniciativas a éxitos pasados, como hace la UE Bauhaus o China con la “Nueva Ruta de la Seda”.

Para que entren en el lenguaje, es necesario reducir los fenómenos históricos a sus propiedades básicas, simplificarlos hasta el punto en que se conviertan en modelos reutilizables en muchos contextos diferentes; de lo contrario, un evento particular nunca podría convertirse en una metáfora que todavía existe. podría describir más. Lograr un equilibrio entre esta necesidad de simplificación extrema, por un lado, y la conciencia y el respeto por la complejidad histórica, por el otro, es complicado. El resultado puede ser cómico en casos menos exitosos, pero a veces también inquietante, por ejemplo, cuando los reporteros utilizan casualmente fenómenos históricos dolorosos como el régimen del apartheid o las persecuciones en los campos de exterminio como metáforas de un alcance mucho más modesto.

Poder establecerse lingüísticamente es siempre un gran éxito para cualquier obra artística o cualquier fenómeno histórico, pero también es un riesgo. Una vez que se han simplificado y transformado en modelos y metáforas fases o acontecimientos históricos complejos, se hace más difícil explicar sus facetas o su desarrollo posterior. El uso de “Edad Media” como sinónimo de varita retrógrada y oscurantista transmite una noción de la Edad Media bastante alejada de la realidad histórica, como insisten en explicar los medievalistas más dispuestos. “Vietnam” continúa teniendo una connotación negativa, incluso si el Vietnam de hoy en día es un país fascinante y tranquilo, sin noticias de masacres y emboscadas frecuentes, por lo que los Balcanes reales son un lugar mejor de lo que sugiere la palabra “balcanización” deja estereotipos. se alimenta

Alfredo Arjona

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